
Una palabra puede provocar una risa incontenible, o un llanto desconsolado, o una mano extendida, o una declaración de guerra o de amor.
Un sonido grave de tambores batiendo sobresaltan el ritmo y la respiración, un aletear en las tardes soleadas dibuja sonrisas, un estallido de una ola sobre una roca grita que usted está irremediablemente vivo.
Una música en el aire le hace cerrar los ojos e imaginarse mundos y azules de cielo y rojos de atardeceres y blancos eléctricos de tormentas. Y de pronto usted sabe que al oírla ha logrado conseguir sus alas para lograr la libertad.
El silencio lo arrastra a su propio latido interior, desnudo de sonidos, despojado de voz.
Piénselas a todas juntas en una estrecha convivencia armónica.
Eso, sólo eso es el lenguaje audio, o radiofónico, como más le guste a usted denominarlo.
Y estaría todo dicho, pero no. Nosotros seguimos insistiendo en analizarlo, explicarlo, desmenuzarlo, ver cómo es por dentro. Como cuando uno de chica desarmaba los relojes para ver por qué sonaban. Después no andaban más.
Por suerte el lenguaje audio sigue andando pese a todos nuestros embates académicos, pese a todas nuestras serias y profundas investigaciones, pese a toda nuestra palabra puesta a su servicio.
Todo esto lo sabemos los que hemos escrito este libro. Pero no pudimos resistirnos a la tentación y volvimos a las andadas con la seriedad y el respeto que nos merece el tema.
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